OPINIÓN| Un monstruo viene a verme

No te reconozco. Me has defraudado. Yo que pensaba que podía confiar en ti. Que ibas a ser mi salvador. Que ibas a estar en todas las que yo necesitara de tu aliento. Manquepierda. Eso llevababamos grabado a fuego en el corazon. Justo encima de esa máquina chorreante de sangre verde y blanca que parece brotar con más fuerza a medida que vas entrado por la Avda de la palmera y empiezas a ver a los primeros locos con bufandas, banderas y camisetas. Padres, madres, amigos, parejas, abuelos… Todos con la ilusión. ¿Ilusión de ganar? ¿Acaso alguien ha ido alguna vez al Benito Villamarín con la ilusión de ganar? Nadie. Ir al Villamarín era como ir a la guerra. Te alistabas cada verano para defender tu feudo, tu tierra, tu bandera, tu país cada fin de semana allá donde fueran tus batallones o los veis desde lejos contando los días para regresar a casa. No importaba el resultado. Tu sabías que jamás 11 tios vestidos de corto dándole patadas a un balón iban a defender como tú lo hacías a tu equipo. A tu vida. Por eso te ponías tus mejores galas. Para demostrarte a tí mismo y al resto quienes eran los mejores soldados en ésto. Por eso antes de salir de casa, ponerte la camiseta del Betis es como un ritual: Siempre de la misma manera, siempre en el mismo lugar. Siempre acordándote de quienes ya no están o de quienes, dentro de un tiempo, dejarán de estarlo. Como un soldado que se pertrecha antes de salir al campo de batalla o un torero que se santigua antes de salir a la plaza. Tu no jugabas, ni sacabas los corners ni las faltas ni corrías por la banda, pero aparte del futbol, hoy tus colores estaban en juego, y eso solo podías defenderlo tu como nadie. Y eso lo llevabas a gala. Como nadie. Ni en Madrid, ni Barcelona, ni Bilbao ni en la otra orilla de la ciudad. Nadie defendía a su equipo como tú. El futbol era lo de menos. Solo importaba dejar la imagen de tu escudo, de tus colores a ras de cielo. Allí donde están todos los que a lo largo de esta centenaria historia han hecho lo mismo que tú cada domingo. Si ganas, perfecto, aquel día ya tenías otro motivo más para sonreir y dormir agusto. Si perdías, tampoco pasaba nada. Ahí entrabas tú. Para luchar contra prensa, comentaristas, analistas y rivales que te recordaban esa absurdez que era perder tres puntos o estar a más o menos puestos del objetivo, estabas tú, junto a 39.999 más. Cada uno con su camiseta, su bufanda y sus voces. Recordándole al mundo entero que hay algo más allá en esta vida que puntos, puestos y cuentas de la vieja. Que el futbol es más que todo eso, y que tu casa es tu casa y solo la conquista quien puede y no quién quiere, y mientras a tí te quedara un alito de vida, eso no iba a ocurrir jamás.

Pero las cosas han cambiado. Quizás por toda esta vorágine de historias y lios judiciales que nos ha recordado que en la vida real los números importante, y que hemos estado apunto de perder nuestra vida, y por causas externas, si no por cuestiones internas. Demasiado. Permímete que te lo diga, pero, se te ha subido a la cabeza. Jamás has dejado de ser un soldado raso, de los que salen al campo de batalla y solo se llevan el reconocimiento de no haberse llevado un tiro en la cabeza aquel día. Pero tu te creiste más importante que nadie. Te creiste demasiado el mensaje mandados desde la otra acera de la exigencia. Quisiste mirarte en el espejo de a los que les va bien, pero no supiste interpretarlo. Creiste que era la hora de que otros se jugaran el pellejo en lugar de bajar tu al barro, a luchar como siempre lo habías hecho. Dejaste de defendernos. Y entonces no lo hizo nadie.

¿Qué nos ha pasado? Yo, que de tu mano fui capaz de conquistar las ciudades más inexpugnables, que conseguimos trofeos que ni los más mayores del lugar recordaban, que saboreamos el desayuno en la mesa de los grandes de Europa. No había quién nos parara. Éramos uno. Cuando no estaba yo, estabas tu. Y cuando no estabas tu… Eso nunca pasaba. Siempre estabas. En lo bueno y en lo malo. Recuerdo cuando caiamos derrotados, avergonzados. No nos había dado tiempo nisiquiera a darnos cuenta de que la batalla había empezado y ya estábamos siendo vapuleados. Y entonces aparecías tú. Como un arcoiris tras la tormenta, como un beso, como una luz en la oscuridad. Y me recordabas que estabas ahí, apiñados, como balas de cañón. Recuerdo verte también al día siguiente. En el colegio, en el instituto, comprando el pan, recibiendo el correo y saliendo a hacer deporte. No me olvidaste, ni me castigaste. Al revés, volvías a desmostrarle al mundo que hay algo más allá del futbol: El amor. ¿Lo recuerdas? Nadie nos entendía. “Pero si les han metido cinco, criaturitas” – nos decían. Y nosotros sonreíamos y más inflabamos el pecho, para que se viera bien el escudo. Nos llamaban locos, locos de la cabeza, un título ganado a pulso y que parece que nos está olvidando.

Ahora no. Ahora has dejado de acudir a la batalla. Ahora tu formas parte de una guerra contra tí mismo que no sirve de nada, al menos de nada bueno. ¿Como quieres que luche yo solo, si nunca lo he hecho? ¿Cómo quieres que honre nuestro nombre si tu no me recuerdas como nos llamamos? Como te he dicho antes, juntos hicimos cosas gloriosas, pero te dormiste en los laureles. Te defraudé. Lo se, pasaron cosas que nunca debieron pasar. Hicimos las cosas mal, malas decisiones, infortunios, desastres. Me juegué tu confianza y perdí. Me juraste que nunca más volvería a pasar, ¿pero a que precio? Es como quién dice, antes muerto que de tal manera, y prefiere pegarse un tiro antes que dejarse llevar por la corriente y caer al vacío. Ahora me dices que no vas a venir a verme. ¿Sabes que te digo? Que no se si lo prefiero. Ya no me ayudas, ya no me animas, incluso ya no se si me sigues queriendo. Que venir al Villamarín y cantar el himno no es demostrarme el amor que siempre me has desmotrado. Has cambiado. Te has vuelto más uraño. Ya no te oigo cantar, solo murmurar. Cada error es una bronca tremenda, cada paso en falso provoca la burla y la risa de los que consideraba mis amigos, mis compañeros. No quiero decirte esto, pero, fuera de casa me tratan mejor que aquí. Allí paso desapercibido. Me temen, están más pendientes de sus equipos y yo solo soy un invitado a su fiesta. En casa soy el objetivo de todas las miradas, la diana a donde van todos los tiros de unos y otros. Lo paso mal. No quiero ir. Ojalá nunca tuviera que volver a pisar ese bendito cesped. ¿Pero sabes qué? En el fondo sueño que volverás, que volveremos a ir de la mano, codo con codo, corazón con corazón. No puedo prometerte nada, porque por desgracia no depende de mí, pero hay una buena noticia. Depende de tí. AL fin y al cabo, somos muy parecidos. Yo existo, aunque no me veas. Estoy ahí contigo. SIempre. Solo espero lo mismo de tí. Mientras tanto, mientras te lo piensas, mientras lo arreglamos, un monstruo viene a verme. Y no le veo solución a corto plazo.

 

Fdo: El Betis.

Deja un comentario