OPINIÓN | Harto de mediocridades

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FUENTE: elcorreoweb

Puedo no ser un experimentado bético como serán cientos de personas con una edad sensiblemente mayor, pero, sin embargo, desde que tengo conciencia y desde que recuerdo mi primer gran momento relacionado con el Real Betis, tengo muy claro que, para mí, ser bético es vivir. Para mí, ser del Betis es una forma de vida.

Es cierto que, a día de hoy, el bético se encuentra acomplejado y vive en un mundo que ya quisiéramos todos fuera de ciencia ficción. Por desgracia, es tan real como que el Betis es el equipo que peor juega (si es que es permisible utilizar dicho vocablo en referencia a nuestro club) de toda la Liga y, muy seguramente, uno de los peores de Europa. Y es por ello que no podemos cerciorarnos de que la culpa de esto sea de tal o de cual. No, es imposible conocer la verdad que tanto tergiversan ciertos medios.

Personalmente, en la situación actual diferencio tres claros culpables: directiva, véase Haro y Catalán; Gustavo Poyet, un uruguayo que ha dejado las cosas muy claras tras la derrota en el Madrigal, y que, sin duda alguna, no desea ya el bien del Betis, sino el suyo propio; y la afición. Sí, nosotros: los béticos.

Aclaro que con ‘situación actual’ me refiero a la mera mala clasificación en la tabla de la Liga. Colocados en la cuadragésima posición, el Real Betis de Don Gustavo Poyet se acerca cada vez más al pozo de la desesperación, siendo la diferencia con el primer equipo en puestos de descenso de tan solo dos puntos; por el contrario, y aún menos positivo, el claro objetivo que fue marcado a comienzos de campaña por la directiva -el décimo puesto- se encuentra a cuatro puntos de distancia, ostentado actualmente por el Málaga CF, un proyecto que, en mi opinión, se proyectaba igual o incluso peor de ambición que el verdiblanco.

Pero para mí no hay sorpresas con el papel que está desempeñando el Betis en la Liga. Cada jornada, mi alma y mi mente se dividen en dos: una parte de mi vive las horas previas el encuentro con gran ilusión, así como un niño pequeño, por el mero hecho de que el equipo de mi vida va a volver a jugar, una semana más; mi otra parte de ser, permanece en la oscuridad, atemorizado y agazapado, esperando para presenciar, de nuevo, una catástrofe calamitosa digna de una ópera italiana, en la que los aficionados, somos y seremos siempre los verdaderos sacrificados de la historia, y los que nunca se verán recompensados por todo su esfuerzo.

Me siento enfrente del televisor y espero a que empiece el partido. Y una semana más, me encuentro con el mismo argumento de todas las jornadas: un equipo que quiere tener la pelota, que toca, toca y toca, que intenta presionar la salida del rival, muerde todo lo que puede en campo contrario… pero nunca, jamás, llega a puerta rival.

Absurdo planteamiento, ¿no? Correcto. En mi opinión -porque de eso trata este escrito-, un Betis que no llega a puerta rival no puede permitirse tocar en el centro del campo, sin fin alguno, mientras que el enemigo permanece bien estructurado, esperando al momento clave para aprovecharse de un mal pase o control de uno de los nuestros, robar el balón y empezar su juego.

Un equipo como el Real Betis, que tanto alardeaba de tener el mejor centro del campo de la Liga tras los tres grandes -un error garrafal por parte de nuestro director deportivo realizar ese comentario- no puede permitirse el lujo de acaparar el esférico para no intentar ganar el partido. No puede permitirse el lujo de mantener al máximo goleador de la historia bética en el banquillo. No puede permitirse el lujo de apartar del equipo al jugador con más calidad y proyección de la plantilla.

Pero sobre todas las cosas, y ahora refiriéndome al uruguayo supremo, no puede permitirse el lujo de echar las culpas a los únicos inocentes de la trama: la afición.

No se puede jugar con esa frialdad con los sentimientos de las personas; unas personas que viven por ti. Que se sacrifican físicamente para poder adquirir un trozo de plástico que les permitan presenciar en vivo un descalabro futbolístico, que apoyan y gritan constantemente al club que llevan y llevarán siempre en su corazón; no puede permitirse el lujo de culpar a los verdaderos mecenas de la entidad. Porque con semejante tontería, Gustavo Poyet se lapidó a sí mismo cuando reprodujo sus palabras. Él mismo se ha encargado de poner en su contra a miles de béticos que solo quieren el bien para su equipo.

Pero tampoco se puede criticar solamente a Poyet. Como ya he dicho, el segundo culpable es un colectivo sin igual. La directiva del club, más sintetizado, Haro y Catalán, los vendemotos empresarios que piensan que esto es una empresa.

Sí, sé que muchos de vosotros lleváis semanas e incluso meses criticándoles, y lo respeto, ya que cada cual es libre de expresarse libremente. Y admito que, hasta hace relativamente poco tiempo, yo defendía, en cierta medida, aspectos que llevaba a cabo este dúo. Sin embargo, llega un momento en que el temporal se embravece y la venda se te cae obligatoriamente de los ojos. Y ese momento, para mí, ha llegado.

“Compramos el club de baloncesto, afiliamos el club de fútbol sala a nuestro organigrama, fichamos a muy buenos jugadores, conseguimos más abonados, renovamos Gol Sur, ponemos de nuevo en antena la radio del club y, para que no os quejéis, os regalamos el canal TDT del club”. Lo de reaccionar ante situaciones DEPORTIVAS complicadas, ya cuando no haya más remedio.

Y en eso resumo mi opinión personal de la directiva, en la actualidad. No merecen más palabras con las que describirla, así que, paso al tercer y quizá, más polémico aspecto que complica la existencia del Betis en Primera.

Y sí, es la afición. Quiero resaltar que, evidentemente, no es culpable, ni directa ni indirectamente, de la situación deportiva del equipo. En eso, el único responsable es Gustavo Poyet, que se digna a mantenerse en un puesto para el que no está capacitado -como tantos otros que han pasado por aquí-. Sin embargo, sí le otorga a la afición como colectivo cierto grado de culpabilidad de la desestabilización actual de la entidad.

Y es que son muchos años tragando mediocridades deportivas pero, sobre todo, son muchos años durante los que he vivido las constantes pugnas entre sectores de la afición, muchos años comprobando y recalcando que, la afición del Real Betis, se encuentra fragmentada, que cada sector lucha por sus intereses personales, curiosamente focalizados en la dirección de la entidad; sectores que, en vez de unirse y buscar el bien común, criticando con cabeza lo que tenemos para mejorarlo, en vez de obcecarnos con cambiarlo, prefieren abstraerse de la comunidad como medio de mejora, y se centran en sus propios intereses.

Mal, muy mal, para mí, ese tema. Y me caerán muchas críticas por estos párrafos, pero, personalmente, es lo que pienso que hay. Mucha insatisfacción individual que deriva en intereses personal, queriendo así abstraerse de lo que hay, y excusándose siempre de que “tiempo atrás hubo alguien mucho mejor que el actual”. Todo ello, con suma facilidad, en vez de intentar modificar lo existente a través de protestas consensuadas entre toda la afición. Conjunta, como debe ser, la afición de un club de fútbol, la afición de un sentimiento, la afición de una forma de vida; la afición del Real Betis.

Por: Alberto Pintado Lozano.

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