OPINIÓN| Respeten a las leyendas

Ayer pudimos volver a ver sobre el césped del Benito Villamarín al que quizás sea el jugador más influyente de la historia más reciente del Real Betis Balompié: Rubén Castro. No cabe duda de que el canario estuvo lejos anoche de jugar sus mejores minutos vistiendo la elástica verdiblanca: a pesar de que ofreció buenos desmarques, no supo asociarse bien con sus compañeros y se le notó falto de ritmo, algo lógico viendo los pocos ratos que el delantero ha podido disfrutar desde que regresó de su aventura en China. Es cierto que el Villamarín lo recibió como la leyenda que es y la grada sabe apreciar lo que significa Rubén Castro para la entidad. Pero con el disgusto del empate (por mucho que algunos se empeñen en disfrazarlo de buen partido) cierto sector de la afición bética no dudó, desde su asiento en el estadio o bien desde redes sociales, en poner el grito en el cielo con la actuación del 24.

Es cierto que Rubén Castro por fin tiene competencia real en el equipo: la garra y los goles de Sergio León y la pronta adaptación de Loren a la élite dificultan que el ex jugador del Deportivo de la Coruña sea titular indiscutible como lo ha sido siempre. El puesto de delantero, después de muchos años, está cubierto con garantías como no lo estaba cuando se complementaba al canario con jugadores infames como Chuli, Damiao o Ricky van Wolfswinkel. Nadie debe ser libre de poder ser criticado pero no es de recibo que el futbolista que ha mantenido al Real Betis con promedios goleadores estratosféricos en la élite del fútbol español, con dos ascensos, clasificación europea y récord de goles incluídos, sea vapuleado por cierto sector que se despellejaba las manos aplaudiendo las carreras estériles de Petros.

Rubén, que además de aceptar su rol secundario en el Betis de Quique Setién, estuvo acertado cuando le cargaron el muerto de tirar el penalti contra el Leganés y no ha dicho una palabra más alta que la otra desde que volviera hace dos meses. De la misma forma que se pidió respeto para Gordillo, Calero o el propio Joaquín cuando el portuense no atravesaba su mejor estado de forma es coherente exigir lo mismo para el canario.

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