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OPINIÓN | Somos el Real Betis Balompié, que a nadie se le olvide

Desde niño, mi hermano y mi padre siempre me hablaron de Ricardo Oliveira, Finidi y Jarni, de Cañas, Alexis y Cardeñosa, de la “abuela del Betis”, de las faltas de Assunçao, de aquel gol de Dani que nos hizo tocar la gloria… Yo era por entonces demasiado pequeño para comprender por qué mi padre gritaba como un loco frente a la Televisión cada fin de semana, la magnitud de esos momentos y la importancia de aquellos años en los que mis mayores vieron la cara -que no la cruz- de lo que era tener la sangre verdiblanca, pero sobre todo, era demasiado canijo para valorar lo que cada domingo ocurría en Heliópolis sobre el verde a 300 km de mi casa. Muchos fuimos los que crecimos entre descensos, goleadas, derbis humillantes y una inestabilidad total y asfixiante, una situación difícil de entender, (y más aún de defender), para un simple niño frente a los demás compañeros en el patio de recreo chandal Kappa en mano. Explicar por qué era del Betis frente a los compañeros que defendían a cierto equipo de la capital de España siempre se me hizo complicado; mientras unos celebraban cada año títulos en la fuente del pueblo entre petardos, bufandas y gritos, otros llorábamos viendo como el Real Valladolid nos mandaba a Segunda División. Ser del Betis nunca fue ni será algo para cobardes ni perdedores, aunque ellos todavía no lo hayan comprendido.

Con el paso de los años las personas terminamos madurando, a unos les sienta mejor que a otros, pero todo y todos acabamos cambiando de alguna forma. Como el sabio y maravilloso refranero español dicta entre sus páginas, no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista, algo que creo que se adapta de forma perfecta a nuestro club y a sus últimos años de vida. Muchos pasaron por la planta noble del Benito Villamarín, y muy pero que muy pocos fueron capaces de cortar una sangría que tuvo a uno de los emblemas del fútbol español a punto de morir, o mejor dicho, al filo de autodestruirse. Nos cansamos de hacer el ridículo, de soportar chistes y risas ajenas y de la ineptitud de unos dirigentes que jamás estuvieron a la altura de una afición que nunca abandonó a los suyos ni dejó de poner de su parte para levantar a un trozo de sus vidas; porque el Betis es eso, la suma de cada una de las almas que viven con un ojo siempre puesto al final de La Palmera.

La verdad que no sabría especificar con exactitud cuál fue el momento exacto en el que se hizo “click”, pero todo cambió tras el último ascenso a Primera División, la temporada en la que volvimos a la que siempre será nuestra casa y de la que nunca deberíamos volver a irnos. Las cosas empezaron a cambiar de forma radical. Por un lado empezaron a surgir alternativas y proyectos que de verdad tenían el crecimiento de la entidad como piedra angular sobre la que construir todo lo demás, la exigencia brotó de la esperanza de los que nuca perdimos la fe de ver al Real Betis resurgir de sus cenizas, volver a tener un nombre y dar un puñetazo en la mesa que avisara de que estábamos de vuela. Por otro lado, y más importante todavía, la afición siempre estuvo ahí mientras todo cogía cuerpo, en forma de abonado, accionista o garganta, año tras año, fuera o dentro de nuestra casa, a 40º o bajo la lluvia… El bético no necesita demasiado para ilusionarse, y aunque es algo peligroso y un arma de doble filo, es la energía que alimenta cada verano el volver a enfundarse la elástica verdiblanca y preparar la garganta, es esa la fuerza más pura del mundo, la ilusión.

En verano es más sencillo ver cómo trabajan desde las oficinas del club, desde las entrañas que manejan todas las manos que mecen las diferentes disciplinas y categorías del Betis, porque un club no es únicamente el primer equipo masculino, sino el fútbol base, los valores que se enseñan desde que los niños entran a formar parte del club, los equipos femeninos… Los avances no son solo una muy reciente clasificación europea, también lo son los proyectos alrededor del Basket y el Futsal, los logros en la cantera, la expansión de la marca y el nombre que el club se empieza a hacer en Europa, una tarea más complicada de lo que parece. Hace algunos días, el Betis hacía oficial el fichaje de Nabil Fékir, una auténtica bomba que hizo a numerosos medios de comunicación meditar y hacerse eco de cómo  han cambiado muchas cosas en la parte más bonita de la capital andaluza. Hace unos años era algo impensable ver trabajar de una forma tan competente a los dirigentes del club, y aunque queda mucho por hacer y por mejorar, es digno de reconocer y admirar, sobre todo por aquellos que nunca antes habíamos vivido algo así.

Desde hace algunos días apuntan desde la ciudad condal que el canterano bético Junior Firpo podría estar viviendo sus últimos días como jugador del Real Betis, una noticia que a priori puede sonar halagadora: un equipo como el Barcelona fijándose en jugador verdiblanco y ofertando una cantidad de dinero por él que hace 10 años nunca se hubieran llegado a tomar en serio. Me mosquea, me molesta mucho que se hable del Betis como un club que deba arrodillarse ante los grandes de Europa, que debe regalar a sus perlas por el simple hecho de ser el Real Betis, que no tenga derecho a mandar ni a marcar las pautas de las negociaciones por sus jugadores. Está claro que el club necesita cash y hacer caja para acometer lo que resta por apuntalar de cara a la próxima temporada, pero no a cualquier precio.

Para todos aquellos que siguen pensando que seguimos siendo los mismos, que el Betis es uno más en la pelea por el descenso y que estamos a la espera de que nos ofrezcan algo más que unas migajas para vender a nuestros efectivos, mis peores deseos a nivel deportivo, claro está. Porque aunque las cosas vayan de mejor o peor forma somos el Real Betis, que a nadie se le olvide nunca más.

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